Abrió el paquete de puchos que siempre tenía de más, el que nunca
fallaba en situaciones como esa, de absoluto desconsuelo, nerviosismo y bronca.
Minutos antes había colgado el teléfono, la voz que había escuchado del otro
lado solía dejarlo sin aliento y su cabeza no paraba de pensar. Las ojeras se
habían adueñado de él desde hacía un mes, aproximadamente, cuando las
posibilidades de que algo como ese llamado ocurriera eran pocas, y la vida era
simple, tranquila, incluso feliz. Lejanos habían quedado ya esos días, ahora
todo era abrumador, deprimente y sólo se limitaba a vivir. Solo.
Estaba enterrado y lo peor de todo era que seguía vivo, y saber que no
había salida era, quizás, lo que más lo atormentaba. Saber que ya no la vería
más, saber que había arruinado todo; saber que todo lo que había hecho e
incluso lo que no, había terminado por alejarla más era algo en lo que había
pensado esos últimos meses.
Cuando empezó a notar la distancia no lo soportó y empezó a alejarse
también. Había notado la indiferencia en todo, en el saludo; en los besos, que
ya no eran los que lo dejaban deseando, sino que eran unos llenos de desprecio,
tal vez asco, o pena; en la manera en que se agarraban la mano, sólo para
demostrar que se pertenecían delante de desconocidos a los que no les importaba;
en el abrazo, invisible por completo esos días, sólo se materializaba para
calmar el llanto de ella, que decía más de lo que podía expresar con palabras;
incluso había notado ese rechazo en la cama.
Era más grande que él, que ella, que ambos. Más grande que su amor, y
con eso bastaba para que decidieran no verse más.
Él la quería, la había esperado durante años, y por eso se había privado
de muchas cosas, de mucha gente, de muchas ocasiones que había dejado pasar y
que no iban a volver; como sus años, que también se irían y para siempre. Había
sido espectador de cada noviazgo suyo, sabiendo que ella en algún lugar, le
pertenecía; sabiendo también que las rupturas serían inminentes. En las épocas
de noviazgo de ella, él dedicaba gran parte de su tiempo pensando que todos esos
chicos eran insuficientes, que ella merecía a alguien mejor, y que esa persona
era él.
Ella por otro lado, era consciente de lo que él hacía, de lo que pensaba
y, claramente, de lo que sentía, sólo que había decidido ignorarlo, por un
tiempo prudencial, pero ignorarlo al fin. Tal vez se equivocó en ese momento,
pero realmente no se sentía preparada para estar con un hombre como él, había
algo que se lo impedía pero no sabía bien qué era.
Finalmente llegó el día en que ambos dejaron el orgullo de lado, y
hablando, al mismo tiempo, se dijeron todo. Se lo dijeron con gestos, con
palabras e incluso con besos. Esos que habían esperado por años, sabiéndolo o
no. No había sido un momento más en sus vidas. Tampoco había sido una
declaración de película, ni de novela, ni de historia de amor. Había sido una
declaración simultánea de dos individuos que exhibían su torpeza al encimar sus
palabras mientras se acercaban lentamente. Cuando ya sus caras estuvieron lo
suficientemente cerca, dejaron de hablar.
Ese día empezó todo. Todo eso que iba a terminar exactamente ocho meses
más tarde. Ocho meses era el límite máximo de su felicidad. Podría haber
terminado antes, incluso podría nunca haber empezado, pero pasó y como pasó
eligió el número ocho para sufrir por cualquier cosa. El día lo eligió ella,
pero a razón de él. Y eligió Navidad. No supo por qué. Tal vez porque ninguno
de los dos festejaba ese tipo de cosas, tal vez le pareció una fecha más, tal
vez vio cercano el verano y quiso libertad. O al menos eso pensó, pero una vez
que la tuvo no la quiso. Se sintió mal, se sintió sola y caprichosa. Sabía que
el único que podía calmarla era él. Pero ya no estaba, por ese llamado no
estaba, por la indiferencia no estaba, por sus caprichos, por toda la mierda
que siempre le decía en las discusiones, por sus muestras de afecto que se
habían vuelto monótonas y vacías. Por todo eso él ya no estaba y ella no podía
volver atrás, sabía que verlo haría que ambos quisieran intentarlo de nuevo.
Pero lo que no funciona una vez no da garantías de funcionar una segunda vez.
Mucho menos si uno de los dos no cede. Pero ceder implica cambiar, y cambiar
implica no ser aquel que se enamoró ni aquel de quien se enamoraron. Entonces,
de nada servía intentar de nuevo. Sin embargo lo llamó. Lo llamó un día que
tenía puchos para ocasiones como esa. Un día en el que él, aún sintiendo algo
por la voz que escuchaba, entendió que la respuesta era no.