lunes, 14 de mayo de 2012

En pie.


Cuántas veces hubieras podido ser,
el hito que en la cima de mi vida,
me mantenga aún en pie “


 

Pareciera que floto, suspendida por los aires, fuera de todo eso, donde te encierra la sociedad. Jugando en mi mundo, pensando dónde puedo enterrar cada cosa que pensé, que dije y que sentí en este tiempo que llevo de existencia.
Pero llego a un momento, donde dudo sobre lo que pienso, me pregunto si realmente no me importa todo eso que en algún momento creí que era real. Aunque sé que todo eso no existe, me agarra un nudo en la garganta cada vez que pienso en dar un paso importante, el cual reafirmaría la postura que trato de sostener.
Sé que viví años sujetada a una ilusión pero también sé que esa irrealidad me mantenía caminando, me hacia sonreír constantemente o simplemente me ayudaba a esperar pacientemente esa solución en la que creía.

Es el momento de tomar una decisión de esas que no dejan que nos arrepintamos. ¿Por qué siento esa pseudo melancolía, ese miedo a equivocarme, a perder algo que no tiene valor o que ahora no lo tiene? Oh! Soy una persona que piensa demasiado todo y eso me hace caer en una contradicción permanente. Quiero caminar sin preguntarme lo que estoy por hacer o lo que hice…

Tengo miedo, quiero que me frenes, sé que ya no puedo esperar nada de vos, pero sos la única persona que me puede frenar en esta decisión, porque en el fondo si lo hago es para extirparte de mi, para que nada te deje atado a mi… Tengo tanto miedo.


sábado, 12 de mayo de 2012

No a los refritos.




Abrió el paquete de puchos que siempre tenía de más, el que nunca fallaba en situaciones como esa, de absoluto desconsuelo, nerviosismo y bronca. Minutos antes había colgado el teléfono, la voz que había escuchado del otro lado solía dejarlo sin aliento y su cabeza no paraba de pensar. Las ojeras se habían adueñado de él desde hacía un mes, aproximadamente, cuando las posibilidades de que algo como ese llamado ocurriera eran pocas, y la vida era simple, tranquila, incluso feliz. Lejanos habían quedado ya esos días, ahora todo era abrumador, deprimente y sólo se limitaba a vivir. Solo.

Estaba enterrado y lo peor de todo era que seguía vivo, y saber que no había salida era, quizás, lo que más lo atormentaba. Saber que ya no la vería más, saber que había arruinado todo; saber que todo lo que había hecho e incluso lo que no, había terminado por alejarla más era algo en lo que había pensado esos últimos meses.
Cuando empezó a notar la distancia no lo soportó y empezó a alejarse también. Había notado la indiferencia en todo, en el saludo; en los besos, que ya no eran los que lo dejaban deseando, sino que eran unos llenos de desprecio, tal vez asco, o pena; en la manera en que se agarraban la mano, sólo para demostrar que se pertenecían delante de desconocidos a los que no les importaba; en el abrazo, invisible por completo esos días, sólo se materializaba para calmar el llanto de ella, que decía más de lo que podía expresar con palabras; incluso había notado ese rechazo en la cama.
Era más grande que él, que ella, que ambos. Más grande que su amor, y con eso bastaba para que decidieran no verse más.

Él la quería, la había esperado durante años, y por eso se había privado de muchas cosas, de mucha gente, de muchas ocasiones que había dejado pasar y que no iban a volver; como sus años, que también se irían y para siempre. Había sido espectador de cada noviazgo suyo, sabiendo que ella en algún lugar, le pertenecía; sabiendo también que las rupturas serían inminentes. En las épocas de noviazgo de ella, él dedicaba gran parte de su tiempo pensando que todos esos chicos eran insuficientes, que ella merecía a alguien mejor, y que esa persona era él.
Ella por otro lado, era consciente de lo que él hacía, de lo que pensaba y, claramente, de lo que sentía, sólo que había decidido ignorarlo, por un tiempo prudencial, pero ignorarlo al fin. Tal vez se equivocó en ese momento, pero realmente no se sentía preparada para estar con un hombre como él, había algo que se lo impedía pero no sabía bien qué era. 

Finalmente llegó el día en que ambos dejaron el orgullo de lado, y hablando, al mismo tiempo, se dijeron todo. Se lo dijeron con gestos, con palabras e incluso con besos. Esos que habían esperado por años, sabiéndolo o no. No había sido un momento más en sus vidas. Tampoco había sido una declaración de película, ni de novela, ni de historia de amor. Había sido una declaración simultánea de dos individuos que exhibían su torpeza al encimar sus palabras mientras se acercaban lentamente. Cuando ya sus caras estuvieron lo suficientemente cerca, dejaron de hablar.

Ese día empezó todo. Todo eso que iba a terminar exactamente ocho meses más tarde. Ocho meses era el límite máximo de su felicidad. Podría haber terminado antes, incluso podría nunca haber empezado, pero pasó y como pasó eligió el número ocho para sufrir por cualquier cosa. El día lo eligió ella, pero a razón de él. Y eligió Navidad. No supo por qué. Tal vez porque ninguno de los dos festejaba ese tipo de cosas, tal vez le pareció una fecha más, tal vez vio cercano el verano y quiso libertad. O al menos eso pensó, pero una vez que la tuvo no la quiso. Se sintió mal, se sintió sola y caprichosa. Sabía que el único que podía calmarla era él. Pero ya no estaba, por ese llamado no estaba, por la indiferencia no estaba, por sus caprichos, por toda la mierda que siempre le decía en las discusiones, por sus muestras de afecto que se habían vuelto monótonas y vacías. Por todo eso él ya no estaba y ella no podía volver atrás, sabía que verlo haría que ambos quisieran intentarlo de nuevo. Pero lo que no funciona una vez no da garantías de funcionar una segunda vez. Mucho menos si uno de los dos no cede. Pero ceder implica cambiar, y cambiar implica no ser aquel que se enamoró ni aquel de quien se enamoraron. Entonces, de nada servía intentar de nuevo. Sin embargo lo llamó. Lo llamó un día que tenía puchos para ocasiones como esa. Un día en el que él, aún sintiendo algo por la voz que escuchaba, entendió que la respuesta era no.