miércoles, 25 de abril de 2012

Viernes 3 am




No sé de dónde sale todo esto, sólo se que en un momento agarré una lapicera, una hoja en blanco y escribí… Y por mi cabeza pasaron un montón de preguntas, de las cuales muy pocas fueron las que se instalaron y me hicieron pensar, analizar y re-analizar ¿La gente busca realmente alguien a quien querer, en quien confiar, alguien en quien depositar realmente amor? ¿Existe eso? (el “amor”) ¿Realmente se conocen las personas entre sí? Tal vez yo me haga demasiadas preguntas, demasiados problemas; tal vez quiera una respuesta a todo; tal vez me joda conformarme.
No se.

Creo que como ser humano, incluso, tal vez, más como mujer, en algún punto llegue a pensar que el “amor” (eso que nos hacen creer en las películas, en los libros, en las canciones, y que casi nunca vemos en la vida real) existía.

Hasta que pensé, me senté con mi soledad, me hice un café, y pensé. Primero autorreferencialmente, basándome en mi corta experiencia, y después amplié mi campo, me interioricé en historias de conocidos, de amigos, incluso de familiares. Todo para darme cuenta de que el “amor”, tal como se nos viene a la mente con sólo pensarlo, tal como viene del imaginario popular, no existe.

Podríamos hacer incluso un paralelismo entre el amor y dios. La gente cree en él, se habla del Big Bang, y se abren explicaciones para la creación del universo, pero sigue habiendo gente que cree en dios. Algo similar pasa con el amor, el amor se relaciona con el corazón, mucha gente lo piensa así, aunque realmente “el amor” esta relacionado con el cerebro (además, calculo que es más lindo escribir una carta con corazones que con cerebros).  De todas maneras, ante las pruebas, ahí se encuentra uno, debatiéndose entre la mentira y los hechos, evaluando en qué creer.

Pienso que siempre es mejor no pensar, siempre es mejor ser alguien impulsivo, arriesgado, que no evalúa, que no piensa de más. Las cosas deben ser mucho más fáciles para esas personas.

En fin, por otro lado, el “amor” esta íntimamente ligado al sexo. Todo se resume a coger. Todo. La gente vive con la idea fija. Y esa “sensación” de amor se resume a que, al final, tarde o temprano, vas a terminar cogiendo. Entonces ¿Qué es el amor? Realmente ¿Cómo se define? ¿Se basa en esa “sensación linda” que te produce el estar con alguien, el abrazarte o estar muy cerca? ¿Es la sensación del beso? Todo eso dura poco, es efímero, es finito. A muchos nos hicieron creer lo de “amor es uno solo”, la casa, los hijos, y que todo eso hace a la felicidad. Sin embargo, lo primero que conocí fue una separación, después un imposible, una relación hecha para no ser, y el eterno inalcanzable.

Claramente, uno elige si creer una mentira o aferrarse a la realidad. En un principio, todos pensamos que fulano es perfecto, pero es otra sensación finita. Todo termina, es verdad. Y la gente vive cambios constantes, por ende nunca terminamos de conocer a nadie.

Hoy te pueden decir que te aman, que sos la única persona en el mundo que importa, y en una semana decirte que “Sos muy buena persona, por eso mereces algo mejor que yo”, “Podemos ser amigos”, etc. Es una realidad que todos somos victimas y también victimarios. Y no esta mal, o si? Todavía no lo se, lo que sé es que nos mintieron a todos. En la sociedad en la que vivimos “amor” es “coger”, así que si queres jugar el juego tenes que conocer las reglas y apegarte a ellas. Y sino, esperar.

sábado, 21 de abril de 2012

Aurora


Gonzalo despertó a la mitad de la noche, nuevamente paralizado por sueños, sueños que le recuerdan lo terrible que fue todo.  Mira la hora en su celular, se da cuenta que sólo pudo dormir dos horas. Se sienta en la cama, mirando hacia la ventana, desde ella puede ver las líneas que dibujan las luces de las calles y se pierde en pensamientos, en viejos proyectos, en las ilusiones que alguna vez tuvo.
Desea con fuerza dormir para no despertar, desea despertar de esta vida que parece una pesadilla, casi tan horrible como la que lo despertó.

Gonzalo siempre fue una persona a la que se lo denomino como negativa, de esas que no pueden ver el vaso lleno, de las que desconfían de todos, de las que saben que todo tiene un final tan feo como se lo imagina. Esas que tratan de ilusionarse, de aferrarse a cualquier cosa, pero su cabeza va más allá de lo que ellos quieren. Así es como Gonzalo, nuevamente se veía hundido, en un pozo que cada vez se agrandaba más. Cada cosa que le sucedía terminaba hundiéndolo un poquito más.
Estaba en un malestar donde el no poder dormir lo llevaba a un cansancio mental y físico. Sus amigos se fueron alejando y él de ellos, fue mutuo. Su familia empezó a despreciarlo y a tratarlo mal ya que no estaba activo. No quería estudiar, ni ir a trabajar, no dormía de noche, estaba al revés de su familia, se había convertido en una carga. Y cuando más necesitaba una compañía, no la tenia. Miraba a su alrededor y se veía solo en una habitación que le habían alquilado sus padres para alejarlo de la casa.  No tenia nada claro, no sabia que lugar estaba ocupando en el mundo, que era lo que lo detenía.

Ese maldito adiós, después de la espera, fue lo que lo destruyo, él ya no tenia un motivo, ya no tenia un amor, ni amigos, ni familia y cuando se miraba al espejo se daba asco.
Pasó muchos días mirando películas, fumando hasta que ya no podía respirar, su comida no existía, estaba tan deprimido que no quería salir de su casa. Sólo lo hacía para comprar cigarrillos y café. Los días fueron pasando y con ellos las semanas y los meses. Esos meses que estaban llenos de encierro, de desgano hacían que sus ojeras se notaran cada vez más profundas, y que sus pocas ganas de reír, desaparecieran.
Sus amigos, cuando él dejaba que lo vieran, le pedían que se mejore, decían que ya no querían verlo así, que querían volver a verlo sonreír. Eso fue llevando a Gonzalo a querer dejar de verlos, se sentía un peso para ellos también. Todo le estaba resultando pesado, como él.

Se estaba destruyendo, lo habían condenado a una pena de muerte con paciencia. 
Un día despertó, pero ya no estaba en su habitación vacía, si no en un hospital, a su lado estaba la mamá llorando.
Algunos días después, le dieron el alta, y le pidieron que por favor empiece un tratamiento psicológico. Gonzalo ya estaba cansado de todo, así que accedió, sin saber muy bien por qué. Dos días después empezó con el tratamiento. Era una licenciada que no pasaba de los 30 años, bastante amable con él, pero aún así se sentía incomodo. Largar todo lo que había en su cabeza a alguien, buscando ayuda, era algo que no sabía si quería realmente. Luego de la presentación, llego el momento de abrirse, así que Gonzalo empezó a contar por qué creía que se sentía así, trataba de explicar el vacío que sentía, por qué sentía el desgano constante en su cabeza, por qué ya no podía sonreír.
Logro contar gran parte de las cosas que le pasaban en apenas 40 minutos, quizás saber que la psicóloga no sabía nada de él, le dio confianza. Cuando terminó con su descarga, después de haber tragado saliva para no llorar y para no mostrarse débil frente a una desconocida, la licenciada le dio una pequeña devolución, le dijo que iba a empezar un trabajo en equipo, que quería ayudarlo y que debía ver a un psiquiatra.

Gonzalo por primera vez en su vida, sintió lastima de si mismo, contaba con 24 años, y estaba a punto de ir a un psiquiatra ¿Qué había sido lo que había dicho para que lo derivaran así? Tenía miedo, sentía que venia algo peor. A los pocos minutos apareció una Doctora, con ella volvió a repetir algunas cosas que le había contando a la licenciada. Pero esta vez, la mujer empezó a hablar con él como si sintiese lastima, le explico algunas cosas que para él no tenían nombre, ni sentido. Y paso lo que temía, la doctora le receto antidepresivos, le dijo que lo iban a ayudar con su problema para dormir, y que poco a poco su angustia iba a ir desapareciendo.
Gonzalo tenía miedo, no era amigo de los medicamentos, no estaba seguro de empezar a tomar algo, no le gustaba la idea de terminar siendo dependiente de unas pastillas.
Después de meditarlo, y darle mil vueltas al asunto, decidió empezar a tomarlas. No tenía nada que perder.
Hoy, un año y algunos meses después, Gonzalo volvió a tener una vida más sociable, regreso a la universidad, a ver a sus amigos, volvió a reír. Ese infierno poco encantador, fue dejando de pesar lo que pesaba.
Su único problema, lo único que lo aquejaba ahora era preguntarse si servía de algo la vida que estaba llevando, si estaba conforme con ella. Cada vez que lo hacía se respondía que no. Se daba cuenta que seguía siendo la misma persona pero con pastillas para no soñar.

domingo, 8 de abril de 2012

¡Porque quiero un Pony, carajo!


No tengo muy claro cómo paso, sólo sé que en un momento noté que no quería estar con seres que respiraban a mi alrededor. Podría suponer que de ese malestar descomprimí una incomodidad. Esa sensación de estar fuera de lugar es lo que me fue alejando de todo y todos.
A estas alturas eso se convirtió en algo cotidiano o quizás, simplemente me cansé de la gente. Esta afirmación es mucho más tajante, pero es la que más se adapta a la realidad.
Si buscara la respuesta de por qué me cansé de la gente, diría que las relaciones establecidas tienen una complejidad, de la cual no quiero hacerme cargo. Siempre termino pensando que todo es lo mismo, que todo es igual, entonces ¿Para qué moverme? Cambian siempre los contextos, cosas más, cosas menos; pero en esencia es lo mismo siempre.
A veces creo que debería hacer algo para poder salir de este malestar, pero eso no va a pasar mientras no pueda encontrar algo o alguien que pueda darme una “razón” creíble para seguir en una vida que tiene límites y parámetros de los que nadie puede escapar.
Me pregunto qué es lo que hace mover a la gente, no puedo entender que tiene de llamativo el disfrazar a los fracasos diciendo que son experiencias necesarias de las cuales debemos aprender, el aguantar ciertas cosas. ¿Para qué? ¿Para seguir contaminando nuestra esencia? ¿Para ponernos más duros e intolerantes? O sea, la idea es seguir hacia la nada, es decir, a lo establecido y después morir.
Usted, lector aburrido, podría decirme que si realmente pienso eso, ¿Por qué no termino con mi existencia? Y acá viene mi explicación: Ganas de tirarme en una plaza hasta que muera por el deterioro de mi cuerpo a la exposición de recibir mierda de paloma, no me faltan.
El inconveniente son las relaciones, esos lazos que se produjeron desde el momento en que nací y que al correr los años mantuve porque quise, estaba aburrida, etc.
Lo increíble es que uno se ve obligado a crear esos lazos, como si fuesen una necesidad y eso provoca que muchas personas se sientan desvastadas si no los consiguen, incluso muchas veces las personas pueden ser insaciables respecto a esos lazos.
En fin, esas relaciones son las que me frenan, las me llenan de culpa. Aunque soy conciente que el mundo no para de girar por nadie, no me gustaría que las personas con las que hoy en día tengo dichos lazos se lleguen a hacer preguntas del tipo: ¿Por qué?, ¿Podría haber hecho algo para cambiar su malestar?, ¿Qué hubiese pasado si..?.
Y la verdad, no hay nada que pueda cambiar lo que pienso, ni un psicólogo, ni un psiquiatra, ni un amigo, un familiar, un conocido o un ajeno a mi.
Lo único que conseguí de las personas fue momentos en los que no pienso, donde se llena mi cabeza de conejos y mariposas con un fondo de arco iris feliz. E incluso esos momentos no llegan a llenarme, no hacen que nada de lo que pienso se borre, hasta podría decir que después de pasar buenos momentos llego a sumergirme en un infierno más caliente, ya que no sólo vuelvo a mi infierno habitual, sino que le tengo que sumar el extrañar esos momentos que no puedo volver a conseguir.
Entonces, es ahí cuando me pregunto: ¿Para qué?.
Al final, siempre soy yo, extrañando detalles irremplazables; ese tipo de detalles que no se encuentran en dos personas, el tipo de detalle que son propios de una sola persona, el tipo de detalle que hace que una persona sea única, y por consiguiente, irremplazable.
Llego a encontrarme extrañando no sólo esos detalles, sino el hecho de no sentir algo lindo; y por otro lado, tal vez lo más triste de todo esto es que no quiero volver a sentir eso. No hace falta explicar por qué, las razones son obvias.
Comparo a personas que conozco con los parámetros que ya tengo en mi cabeza. Lo cual es injusto, y ese es otro motivo por el cual ya no quiero acercarme a nadie.
Puede que con el tiempo me este volviendo más intolerante. Seguramente sea por haber llegado a esas conclusiones que horrorizarían a cualquier mortal. 


Escrito en noviembre del 2011, en algún bar de Buenos Aires.