Gonzalo despertó a la mitad de la noche,
nuevamente paralizado por sueños, sueños que le recuerdan lo terrible que fue
todo. Mira la hora en su celular, se da
cuenta que sólo pudo dormir dos horas. Se sienta en la cama, mirando hacia la
ventana, desde ella puede ver las líneas que dibujan las luces de las calles y
se pierde en pensamientos, en viejos proyectos, en las ilusiones que alguna vez
tuvo.
Desea con fuerza dormir para no despertar, desea
despertar de esta vida que parece una pesadilla, casi tan horrible como la que
lo despertó.
Gonzalo siempre fue una persona a la que se lo
denomino como negativa, de esas que no pueden ver el vaso lleno, de las que
desconfían de todos, de las que saben que todo tiene un final tan feo como se
lo imagina. Esas que tratan de ilusionarse, de aferrarse a cualquier cosa, pero
su cabeza va más allá de lo que ellos quieren. Así es como Gonzalo, nuevamente
se veía hundido, en un pozo que cada vez se agrandaba más. Cada cosa que le
sucedía terminaba hundiéndolo un poquito más.
Estaba en un malestar donde el no poder dormir lo llevaba a un cansancio mental
y físico. Sus amigos se fueron alejando y él de ellos, fue mutuo. Su familia
empezó a despreciarlo y a tratarlo mal ya que no estaba activo. No quería
estudiar, ni ir a trabajar, no dormía de noche, estaba al revés de su familia,
se había convertido en una carga. Y cuando más necesitaba una compañía, no la
tenia. Miraba a su alrededor y se veía solo en una habitación que le habían
alquilado sus padres para alejarlo de la casa.
No tenia nada claro, no sabia que lugar estaba ocupando en el mundo, que
era lo que lo detenía.
Ese maldito adiós, después de la espera, fue lo que lo destruyo, él ya no tenia
un motivo, ya no tenia un amor, ni amigos, ni familia y cuando se miraba al
espejo se daba asco.
Pasó muchos días mirando películas, fumando
hasta que ya no podía respirar, su comida no existía, estaba tan deprimido que
no quería salir de su casa. Sólo lo hacía para comprar cigarrillos y café. Los
días fueron pasando y con ellos las semanas y los meses. Esos meses que estaban
llenos de encierro, de desgano hacían que sus ojeras se notaran cada vez más
profundas, y que sus pocas ganas de reír, desaparecieran.
Sus amigos, cuando él dejaba que lo vieran, le
pedían que se mejore, decían que ya no querían verlo así, que querían volver a verlo
sonreír. Eso fue llevando a Gonzalo a querer dejar de verlos, se sentía un peso
para ellos también. Todo le estaba resultando pesado, como él.
Se estaba destruyendo, lo habían condenado a una
pena de muerte con paciencia.
Un día despertó, pero ya no estaba en su habitación vacía, si no en un
hospital, a su lado estaba la mamá llorando.
Algunos días después, le dieron el alta, y le pidieron que por favor empiece un
tratamiento psicológico. Gonzalo ya estaba cansado de todo, así que accedió,
sin saber muy bien por qué. Dos días después empezó con el tratamiento. Era una
licenciada que no pasaba de los 30 años, bastante amable con él, pero aún así
se sentía incomodo. Largar todo lo que había en su cabeza a alguien, buscando
ayuda, era algo que no sabía si quería realmente. Luego de la presentación,
llego el momento de abrirse, así que Gonzalo empezó a contar por qué creía que
se sentía así, trataba de explicar el vacío que sentía, por qué sentía el
desgano constante en su cabeza, por qué ya no podía sonreír.
Logro contar gran parte de las cosas que le pasaban
en apenas 40 minutos, quizás saber que la psicóloga no sabía nada de él, le dio
confianza. Cuando terminó con su descarga, después de haber tragado saliva para
no llorar y para no mostrarse débil frente a una desconocida, la licenciada le
dio una pequeña devolución, le dijo que iba a empezar un trabajo en equipo, que
quería ayudarlo y que debía ver a un psiquiatra.
Gonzalo por primera vez en su vida, sintió
lastima de si mismo, contaba con 24 años, y estaba a punto de ir a un
psiquiatra ¿Qué había sido lo que había dicho para que lo derivaran así? Tenía
miedo, sentía que venia algo peor. A los pocos minutos apareció una Doctora,
con ella volvió a repetir algunas cosas que le había contando a la licenciada.
Pero esta vez, la mujer empezó a hablar con él como si sintiese lastima, le
explico algunas cosas que para él no tenían nombre, ni sentido. Y paso lo que
temía, la doctora le receto antidepresivos, le dijo que lo iban a ayudar con su
problema para dormir, y que poco a poco su angustia iba a ir desapareciendo.
Gonzalo tenía miedo, no era amigo de los
medicamentos, no estaba seguro de empezar a tomar algo, no le gustaba la idea
de terminar siendo dependiente de unas pastillas.
Después de meditarlo, y darle mil vueltas al asunto, decidió empezar a
tomarlas. No tenía nada que perder.
Hoy, un año y algunos meses después, Gonzalo volvió a tener una vida más
sociable, regreso a la universidad, a ver a sus amigos, volvió a reír. Ese
infierno poco encantador, fue dejando de pesar lo que pesaba.
Su único problema, lo único que lo aquejaba ahora era preguntarse si servía de
algo la vida que estaba llevando, si estaba conforme con ella. Cada vez que lo
hacía se respondía que no. Se daba cuenta que seguía siendo la misma persona
pero con pastillas para no soñar.