domingo, 8 de abril de 2012

¡Porque quiero un Pony, carajo!


No tengo muy claro cómo paso, sólo sé que en un momento noté que no quería estar con seres que respiraban a mi alrededor. Podría suponer que de ese malestar descomprimí una incomodidad. Esa sensación de estar fuera de lugar es lo que me fue alejando de todo y todos.
A estas alturas eso se convirtió en algo cotidiano o quizás, simplemente me cansé de la gente. Esta afirmación es mucho más tajante, pero es la que más se adapta a la realidad.
Si buscara la respuesta de por qué me cansé de la gente, diría que las relaciones establecidas tienen una complejidad, de la cual no quiero hacerme cargo. Siempre termino pensando que todo es lo mismo, que todo es igual, entonces ¿Para qué moverme? Cambian siempre los contextos, cosas más, cosas menos; pero en esencia es lo mismo siempre.
A veces creo que debería hacer algo para poder salir de este malestar, pero eso no va a pasar mientras no pueda encontrar algo o alguien que pueda darme una “razón” creíble para seguir en una vida que tiene límites y parámetros de los que nadie puede escapar.
Me pregunto qué es lo que hace mover a la gente, no puedo entender que tiene de llamativo el disfrazar a los fracasos diciendo que son experiencias necesarias de las cuales debemos aprender, el aguantar ciertas cosas. ¿Para qué? ¿Para seguir contaminando nuestra esencia? ¿Para ponernos más duros e intolerantes? O sea, la idea es seguir hacia la nada, es decir, a lo establecido y después morir.
Usted, lector aburrido, podría decirme que si realmente pienso eso, ¿Por qué no termino con mi existencia? Y acá viene mi explicación: Ganas de tirarme en una plaza hasta que muera por el deterioro de mi cuerpo a la exposición de recibir mierda de paloma, no me faltan.
El inconveniente son las relaciones, esos lazos que se produjeron desde el momento en que nací y que al correr los años mantuve porque quise, estaba aburrida, etc.
Lo increíble es que uno se ve obligado a crear esos lazos, como si fuesen una necesidad y eso provoca que muchas personas se sientan desvastadas si no los consiguen, incluso muchas veces las personas pueden ser insaciables respecto a esos lazos.
En fin, esas relaciones son las que me frenan, las me llenan de culpa. Aunque soy conciente que el mundo no para de girar por nadie, no me gustaría que las personas con las que hoy en día tengo dichos lazos se lleguen a hacer preguntas del tipo: ¿Por qué?, ¿Podría haber hecho algo para cambiar su malestar?, ¿Qué hubiese pasado si..?.
Y la verdad, no hay nada que pueda cambiar lo que pienso, ni un psicólogo, ni un psiquiatra, ni un amigo, un familiar, un conocido o un ajeno a mi.
Lo único que conseguí de las personas fue momentos en los que no pienso, donde se llena mi cabeza de conejos y mariposas con un fondo de arco iris feliz. E incluso esos momentos no llegan a llenarme, no hacen que nada de lo que pienso se borre, hasta podría decir que después de pasar buenos momentos llego a sumergirme en un infierno más caliente, ya que no sólo vuelvo a mi infierno habitual, sino que le tengo que sumar el extrañar esos momentos que no puedo volver a conseguir.
Entonces, es ahí cuando me pregunto: ¿Para qué?.
Al final, siempre soy yo, extrañando detalles irremplazables; ese tipo de detalles que no se encuentran en dos personas, el tipo de detalle que son propios de una sola persona, el tipo de detalle que hace que una persona sea única, y por consiguiente, irremplazable.
Llego a encontrarme extrañando no sólo esos detalles, sino el hecho de no sentir algo lindo; y por otro lado, tal vez lo más triste de todo esto es que no quiero volver a sentir eso. No hace falta explicar por qué, las razones son obvias.
Comparo a personas que conozco con los parámetros que ya tengo en mi cabeza. Lo cual es injusto, y ese es otro motivo por el cual ya no quiero acercarme a nadie.
Puede que con el tiempo me este volviendo más intolerante. Seguramente sea por haber llegado a esas conclusiones que horrorizarían a cualquier mortal. 


Escrito en noviembre del 2011, en algún bar de Buenos Aires.

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